_ Intenté buscar el perfecto equilibrio entre la ilusión y la emoción, despacio, como los barcos se amarran a los puertos, sin miedos, con delicadeza y con la pizca de ilusión suficiente que adereza los momentos felices. Porque, pese a lo deseado de la situación, al tiempo, a la confianza previa adquirida y a la espera, pese a todo eso, sentía la necesidad de que las cosas fuesen bien, e intenté no emocionarme demasiado para no llevarme el golpe que ahora me propinas; pero aún así, te descorché mi mejor botella de vino, y te invité a mi casa, a mi vida y a mi alma. Y te regalé amaneceres, versos y momentos sacados de cualquier película del Cinema Paradiso. Y te llevé a la ciudad del viento y de la lluvia, y a aquel lugar en el que soñé con compartir un beso. Y te hablé de mis proyectos, de mis locuras, de mis sueños, de mis pájaros en la cabeza, y te regalé mi tiempo, y mis aficiones, y mi alma y mi todo. Y te ofrecí mi ayuda, mi paciencia, y mis canciones por si te sentías sola. Pero...