_ Escribí tu canción con unos viejos acordes, con demasiadas lágrimas en los ojos, con paso decidido y pocas monedas en los bolsillos. Valiente y con la dosis justa de locura, me lancé a tu abrazo y a la melodía que escribían tus labios. Y es que llegaste un día a mi historia de escasas primaveras, para llenar mis días de risas, cuentos de brujas, niños malos y sueños que cumplir. Quizás yo, por soñador me entusiasmé, y te di parte de mi vida, pues necesitaba volar y no morir en el olvido de mis silencios, en la letanía de los sueños que perdí en el pasado. Pero aun así, con lo mejor de mí y de mis silencios, y sin motivo aparente, un día decidiste usar tu fusil y regalarme antes de dormir tu último disparo. _ Pero lejos de morirme o de ofrecer mi epitafio a tus fantasmas, seguí cerrando los bares, robándole horas a la noche, apostando por momentos especiales: lunas y estrellas, lluvia, y besos con sabor a sal. _ Y hoy, siento que no estoy muerto, y que tengo vida en cada uno de los po...