9 de noviembre de 2011

SI LAS CALLES PUDIERAN HABLAR

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A cada adoquín maltrecho, a cada luminaria, parada de autobús o insignificante fragmento de acera que pisamos, le corresponden cientos de cicatrices, retazos de alegrías y algunas sonrisas cómplices.
Un mobiliario, un espacio, que se mantiene impasible ante nuestro cotidiano devenir diario, pero en el que se refleja cada uno de los momentos que ha visto pasar.
Algunos lamentos, caricias otras veces, decepciones, ilusiones e incluso pasiones brutalmente desbordadas.

Mientras tanto nosotros, habitantes de este mundo absurdo, vagamos, caminamos sin rumbo convencidos de que nuestra rutina nos hace felices.
Olvidamos que en nuestras manos está cambiar el sino de las cosas, desistimos en detenernos a pensar sobre lo cotidiano pero sobre todo descuidamos la idea fundamental de la vida: alcanzar la felicidad.

Es por eso que hoy apuesto por disfrutar cada segundo que la vida nos regala.
Necesito sentir la libertad, y alzar al viento mis manos...